No recuerdo cual fue la primera vez que me subí a una de estas y por eso no sé si fue o no agradable. Recuerdo, si, algunas veces en que, ejerciendo el claro y evidente poder de decisión sobre subir o no, he decidido intentarlo y tratar de identificar el motivo por el que mucha gente corre para ubicarse rápidamente en un lugar de la fila que le permita sentarse en el primer carrito y gritar mientras levanta sus brazos, o balancea sus piernas sostenidos por unos rígidos anclajes en sus hombros, pecho y cintura. Todas aquellas veces, atendiendo al impulso y ánimo (algunas veces empujones) de el/la/los acompañante(s) he accedido a pararme en la fila para anclarme allí sentado, nunca el primer carrito, y esperar a que la tecnología física y la energía cinética interactúen. El comienzo es lento, siempre, un viaje corto que permite disfrutar de vistas de altura, de sentirse observado por ojos expectantes en cabezas que cada vez se hacen mas pequeñas, un viaje que, en mi caso, nada tiene que ver con los segundos que lo suceden. Las vistas de altura desaparecen porque cierro mis ojos, no consigo abrirlos y sólo consigo gritar insultos contra mi mismo y contra quien está anclado(a) junto a mi y que seguramente grita de emoción con los ojos muy abiertos y sus brazos en el aire. La adrenalina inyectada a gran velocidad y en caída libre no me gusta, no me embriaga, me enferma. Los segundos o minutos del viaje parecen horas, horas que no disfruto y que deseo terminen cuanto antes. Al bajar, pálido, mareado, bañado en sudor frio y con temblores en piernas y manos, camino hacia la salida, empujado por algunos que corren para hacer una nueva fila, para repetir ese viaje.
No, no las he disfrutado y no sé si alguna vez llegue a disfrutarlas. Sólo pido una cosa, no me empujen, yo mismo me ubico en la fila.