agosto 13, 2008

... Que algunas hojas están cansadas.

En las próximas semanas las hojas de los árboles del hemisferio norte realizarán una danza mortal en los vientos frescos, cayendo al suelo, tapizando los bosques y las aceras. Algunas de ellas han empezado a vestirse para su funeral en brillantes ocres dorados por el sol. Y algunas, las mas inquietas y tal vez suicidas anticipadas, se han lanzado ya cansadas de bailar en las alturas, rindiéndose a los primeros vientos y entregando su existencia para que estos las lleven. Las que quedan, muchas todavía, se aferran fuertes y resisten verdes.
Los árboles empiezan a desnudarse. En un erótico baile acompasado hoy me invitan a añorar los fuegos del invierno, fuego en la piel de los amantes de chimenea, fuego en el calor del vino tinto, en el largo cuello blanco que renuncia a su bufanda. Se tomarán su tiempo, hoy sólo dejan caer pañuelos de Mademoiselle para que los últimos románticos les cortejemos acariciados por el viento que hoy les saca del letargo.
Les expiaré y compartiré su frio y su abrigo. Y recibiré el aroma del las hojas cuando, cansadas de aguantar, sucumban a los vientos de entonces, fríos, fuertes. Se cansarán todas las hojas, desnudarán los árboles para cambiar su piel, preparándonos para maravillarnos con las nuevas flores que, jóvenes e inquietas, los cubrirán nuevamente, cuando añoremos el cálido sol que hoy las viste del color de la tierra en la que morirán finalmente.

agosto 03, 2008

... Que en Granada no parecen ser de culos estrechos.

Fue lo primero que pensé cuando subí al autobús en Granada y las conversaciones de todos los pasajeros me llegaron de golpe. Para que esto fuera inmediatamente comprensible tendrían que haber asistido todos a esa clase en que Manuel, uno de mis compañeros en el AMP, interpretaba a la perfección a un empleado ejemplar y se defendía argumentando que las políticas de la compañía eran de culos estrechos. Tengo que pedirles un favor, con su propia fuerza abdomino-pélvico-perineal estrechen el suyo, traten de mantenerlo así por algunos minutos. Al cabo de un ratito se sentirán incómodos, la tensión de allá se propagará por todo su cuerpo y sus expresiones faciales no serán amigables, fruncirán el ceño y andarán muy calladitos. Entendido?

Sólo conozco 3 ciudades de Andalucía, pero creo que son muestra suficiente para concluir que aquí la gente es diferente, y atención, no estoy comparando en ningún sentido de bondad y otros adjetivos, simplemente, diferente. Será por el calor abrasador? Abrazador? por la influencia de los vientos salados? por el alma marinera? Por los siglos de convivencia de otras razas y costumbres? No puedo responderlo, pero por algún motivo, aquí, como en cualquier otro país, la gente de cada región tiene su identidad, y bueno, la Andaluza logró cautivarme.


La inmensa mayoría de los meseros, guardias, caminantes y en general, la gente en la calle, fue amable. En los restaurantes, y en todos los bares, había música. Y las mujeres …


Las mujeres Andaluzas merecen, y de seguro ya las tienen, miles y miles de líneas escritas, canciones que hablen de su andar elegante; prosas y poemas inspirados en sus ojos color miel como su piel, azules como el cielo del verano y verdes como los jardines de la Alhambra; relatos de hombres que sucumben a su acento y que piden que, al oído, una mujer recite su condena a muerte.


Hace unas horas partí de allí, partí cautivo de sus teterías, fuentes y azulejos, de sus murallas, alcázares, catedrales y mezquitas, de sus cantaoras y castañuelas espontáneas, de sus jardines y cultos al agua; volví voy cautivo de su gente, y de sus calles, estas si, muy estrechas.

... Que eran olivos.

Como era de esperarse, el tren salió con puntualidad europea de la estación, y yo, con varios años de retraso, sentía nuevamente el talle de una mochila en los hombros. Destino inicial: Granada.
Así inicié uno de esos viajes que se disfrutan desde sus escasos, casi inexistentes preparativos. Confieso que compré con anticipación los billetes del tren, además, reservé el hotel para todas las noches que pasaría en cada lugar. En estos hechos se hizo evidente que he perdido algo del ímpetu de hace algunos años y que ya no puedo ir tan ligero de equipaje, (también es evidente que mi tarjeta de crédito ha ganado cupo); normalmente, las pocas veces que reservaba el albergue con anticipación lo hacía sólo por una noche, para entonces no sabía cuanto tiempo permanecería en un lugar, no importaba.

A medida que avanzábamos iba descubriendo nuevos paisajes y nuevos pensamientos venían a mi mente, y viejos también. Personajes y personalidades se acercaban a recordarme su existencia, la mayoría aunque no todos, sin reproche evidente. A muchos saludé, con muchos me entretuve por varios minutos, con algunos concluí y con otros acordé conversar de nuevo. A otros tantos ignoré deliberadamente y los invité a abandonarme permanentemente. No les pedí disculpas.
Poco a poco me encontraba de nuevo en una deliciosa rutina adquirida, la única que me permitiría mantener los próximos días, una rutina que me llenó de felicidad extática y que confirmó que no todo estaba perdido. En La Guia Verde, que había comprando un tanto reticente hacía algunas semanas, me fui perdiendo entre los siempre insuficientes mapas, las poco actualizadas secciones de “Donde Dormir: … ” o “ Para Comer: …”, las brevísimas descripciones de historia, costumbres, tiempo, etc. Qué delicia!!! Breves, insuficientes y desactualizadas, esas páginas de papel cebolla y de letra muy pequeña logran el mágico resultado de llenarme de deseos, deseos de caminar por los barrios para confirmar que allí está ese lugar que tantos o tan pocos han visto, de confirmar que ninguna descripción será suficiente para transmitir la esencia de una ciudad o pueblo y de sus gentes, deseo de caminar sobre las huellas de tantas historias ajenas, tantas historias desconocidas.
Cómo era de esperarse, a la hora prevista, impresa en el billete, el tren entró despacio a la estación. MaryCarmen, la señora del asiento 15p, en una llamada que hizo, asumo, para avisarle a alguien que había llegado bien, le informó a quien estaba del otro lado que no sabía por donde habíamos venido, porque ella no reconocía mas que fincas de olivos a lado y lado de las vías. De esta forma respondió, sin saberlo, a una de las preguntas que, como en los viajes familiares por las carreteras de Colombia, me hice al ver esos cultivos uniformes: que serán? Olivos. Y no es poco importante. Hace muchas mañanas aprendí que hay muchas especies de olivas - Picual, Arbequinas - que los aceites se catan como el vino, que hay grandes diferencias entre Españoles y los Italianos, que en Oro Líquido te darán a probar suaves y fuertes … Hace muchas mañanas, aprendí.
Desechando el mapa de la página 266, después de recorrer la estación para comprobar que allí no estaba, decidí hacer al guardia de seguridad la pregunta que marcaba la continuación de mi deliciosa rutina: Donde está la oficina de Turismo?